Fotografía Adriana Lui

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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Se animan, existen. Sensibles, se agitan quietas y simulan vida en una sola pieza. La mano que las ha tallado tensa desde las distintas partes de sus cuerpos, pero el escultor ha dejado, a su vez, que la madera resuelva sus propias cadencias.

Un niño que hace poco era tronco de paraíso señala a la nena que fue palo de mora y que parece pasearse por la galería sin importunar al anciano rojizo de eucalipto y álamo. La mirada va y viene mientras la mujer hecha de palo santo, eucalipto y guatambú se desnuda de espaldas a un ángel bosquimano. El tiempo parece lo inmóvil. No se saben muñecos.

Fernando Rosas está instalando sus 12 criaturas en el Museo de Arte Moderno. En esta muestra que inaugura mañana, el artista agrega siete obras nuevas a las cinco que ya conformaban su catálogo de seres tallados, al margen de sus pinturas y dibujos.
Ni marionetas ni maniquíes. Hábil con el ensamble, decidió entrar en tratos con las vetas hasta “ver adónde me va llevando el palo, porque la relación con el material es sincera”. 

La veta decide. Claro que lo que tiene de lindo la madera es que te devuelve más en el proceso, te da ideas a partir del accidente y, mientras mejor es el escultor, más decide acompañarla. 

Esa flexibilidad se suma al antojo de Rosas (“me dieron ganas de hacer un viejo sentado, unos nenes”) por eso mismo, se intuirá, los títulos recuerdan escenas de estudio dentro de un atelier: “Nono o La calorcita”, “Ana o Pasos de Novata”. Y ese tanteo para ‘dar con el nombre’ procura desestabilizar cualquier estaca conceptual. 

Sabemos que el espacio vital de Rosas, el lugar donde crea, enciende sierras y hace volar astillas, está rodeado de inspiración natural: El Bermejo. 

Desde allí, alienta un proceso que da cuenta de un avance, de un aprendizaje. Así como otros se pierden en la chatarra, Fernando se interna en la floresta, como un joven manos de gubia que intuye su propio e inquietante jardín de personajes.



Mariana Guzzante

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